RESEÑAS
CINE RUIDO Escrita por Leonardo P. Mendizábal
Me da mucho gusto escribirles en esta ocasión para promover un pedazo de cine mexicano que merece ser visto y discutido. Creo firmemente que nuestro cine no se define únicamente por la trayectoria de sus realizadores, por los mentores que tuvieron o por las películas que los inspiraron en el camino, sino por la profundidad de las identidades que componen a cada una de estas personas. Desafortunadamente, existe un estigma automático alrededor de la figura del creador: la idea errónea de que quien hace arte en cualquiera de sus ramas está obligado a justificarse constantemente, a explicarse o a esconderse detrás de una máscara pretenciosa, distante o excéntrica. Este es un prejuicio que debemos romper de inmediato. No solo encasilla y arrincona a quienes trabajamos o estamos inmersos en este sector, sino que desvaloriza nuestra verdadera identidad, reduciendo lo que somos a una etiqueta prefabricada. Portento es precisamente el tipo de película que desafía esta narrativa, retratando con enorme precisión esa transición necesaria entre la persona que fuimos en el pasado y la nueva identidad que renace para dar cimiento y suelo a la realidad.
La obra se centra en la coexistencia orgánica y la complicidad entre La Bruja de Texcoco y la directora del documental, Gabriela Nápoles. A lo largo del viaje que emprendemos junto a ambas artistas, la narrativa nos va desprendiendo, capa por capa, de aquellos juicios superficiales para mostrar lo que ambas sienten desde su interior. Es un proceso que se percibe como algo verdaderamente emergente, como una semilla que va germinando y madurando de una forma única frente a la cámara. En este trayecto, la película abre un discurso sumamente necesario sobre cómo se percibe a la mujer en nuestra sociedad: cuestiona si debemos seguir observándola a través de la máscara de una feminidad estética e impuesta por una estructura misógina, o si es momento de aceptar y respaldar a la mujer por cómo ella decide autoidentificarse, sin importar el contexto ni la mirada externa. En este sentido, quiero dar un énfasis especial al trabajo de Gabriela. Antes de revelarnos por completo a La Bruja, la directora nos deja ver cómo ella misma se desenvuelve frente al lente y cómo procesa el mundo a través del lenguaje cinematográfico. Admiro profundamente que existan evidencias tan claras de cómo el documental arranca como un acto de revelación personal y de resistencia ante su propia vivencia; esa honestidad es, justamente, una de las mayores virtudes que el cine puede lograr transmitir.
Al adentrarnos de lleno en la figura de La Bruja, la película nos permite atestiguar tanto su riguroso proceso musical como la dimensión íntima de su identidad como mujer trans. Aquí se genera una conexión muy potente donde la mente y la sensibilidad juegan un papel fundamental para dar forma a aquello que muchas veces no cabe en las palabras, pero que se manifiesta con claridad en nuestras acciones, en cómo nos mostramos y en cómo nos sentimos. La película nos recuerda que la incertidumbre y el miedo al "qué dirán" o a la mirada ajena no tienen por qué experimentarse en el aislamiento o en el escondite. Para La Bruja, la música deja de ser solo una disciplina artística y se convierte en una vía de libertad absoluta: el espacio sagrado para ser quien es, para sentir sin culpa y para escuchar lo que ama, aun cuando en el trayecto aparezcan dudas o contradicciones. Al final, la realidad deja de ser una imposición rígida y se vuelve palpable cuando entendemos que lo irregular, lo diverso y lo fluctuante son parte inherente de la condición humana.
Concluyo que Portento tiene un mensaje profundamente entrañable sobre cómo navegamos y bailamos constantemente con nuestras creencias, nuestros miedos, nuestro pasado y nuestro presente. Nos demuestra que, aunque a veces el camino parezca incierto, la propia inercia de la vida y la honestidad con uno mismo terminan acomodando todo lo vivido en un lugar auténtico, mágico y extraordinario.